Editorial: Invisibles – Revista Incógnita

La crisis humanitaria nos ha obligado a dejar muchas cosas de lado, aparcadas en un cajón para volver a retomarlas en algún momento, y durante todo este tiempo, la lucha por la desigualdad también se ha visto paralizada. Más de la mitad de la población sigue en ese cajón que nadie ve, y por eso, hoy reivindicamos que las mujeres se han vuelto invisibles.

La brecha de género, en estos últimos meses, se ha agrandado aún más. Los que no quieren verla, siguen negando lo evidente desde las butacas del Congreso de los Diputados. Hoy las mujeres reivindicamos que, desde las instituciones, se elaboren políticas públicas para las, todavía hoy, invisibles.

Muchas mujeres se han vuelto invisibles desde las paredes de su casa, donde trabajan a jornada completa. Madres, hermanas, tías… en ellas recae el peso de un hogar, que ahora se complica aún más con los colegios cerrados, sin extraescolares y el riesgo de contagiar a los abuelos, quienes durante años han cuidado de los más pequeños para facilitar la conciliación familiar. Hemos avanzado gracias a la lucha feminista, pero todavía hoy siguien siendo ellas, las invisibles, quienes cargan con el peso de los cuidados y la organización familiar.

La lucha de las mujeres ha conseguido grandes avances en nuestro país, algunos históricos, pero todavía queda mucho por hacer. Los confinamientos y el teletrabajo han hecho que las mujeres maltratadas se vean prisioneras de una cárcel de cristal con sus agresores y asesinos, sin poder pedir ayuda, sin poder escapar, expuestas al peligro las veinticuatro horas del día.

Las empleadas domésticas, limpiadoras, niñeras y cuidadoras son las más invisibles, las que no aparecen en registros ni censos, que se ven envueltas en el mercado de la economía sumergida y completamente expuestas a la miseria y los abusos laborales, a multas y malos tratos. La mayoría de las cuidadoras son extranjeras, por lo que, no solo soportan el pie machista que las asfixia, sino que lidian cada día porque no se les trate como ciudadanas de tercera.

Mujeres que huyen de un infierno para entrar en otro: en el infierno de la trata sexual, obligadas a prostituirse, encerradas en pisos, u ocultas en polígonos y lugares a las afueras, donde no molesten, donde no verlas, donde permanecen invisibles a nuestra conciencia.

El sufrimiento de las mujeres no se ve, mejor dicho, no se quiere ver. En este año de altibajos, este dichoso “bicho” ha afectado a miles de abuelas que dedicaron su vida a trabajar y criar a sus hijos en una época que las obligó a vivir sometidas porque era «lo que Dios mandaba». Durante estos últimos años, ellas se convirtieron en un apoyo fundamental en la economía de sus hijos, víctimas de una crisis desembocada en el desempleo e incertidumbre de llegar a fin de mes. Con la pandemia, algunas de estas abuelas fueron afectadas por la covid-19 y las médicos, enfermeras y servicios de limpieza de los hospitales trabajaron sin descanso en condiciones precarias para sacarlas adelante o acompañarlas en sus últimos días. Las enfermeras mujeres son las más expuestas en la batalla y las que más bajas por depresión han tenido que solicitar por estar en primera línea. Las mujeres representan un 84,2% del personal sanitario en España.

Al Covid 19, tenemos que sumarle otra pandemia más, igual de peligrosa, la de la ultraderecha, que no hace más que crecer y crecer en nuestro país. Esa ultraderecha que toma Nuñez Balboa a golpe de cacerolas y llena de humo de motor Colón, esa ultraderecha que no hace falta excluir de nuestras pancartas y discursos, porque ya no trata de disfrazarse de feminista, ni se cuela el cartel de progresista para hacerse la foto. Nos enfrentamos al resurgimiento del extremismo más antiguo, que pretende difuminar la opresión de las mujeres.

Hoy es ocho de marzo, hoy es el día en el que pintábamos las calles de morado y poníamos a la mujer en boca de todos, en el que les obligamos a mirarnos a los ojos, aunque fuera por un día. Este año no será posible por la situación sanitaria, aunque los pijos del norte reclamen derechos, los nuevos fachas saquen las banderas a las calles o los negacionistas se manifiesten sin mascarilla convocados por cantantes internacionales. Las feministas, hoy, nos quedaremos en casa, pero seguiremos reivindicando nuestros derechos aunque digan que nosotras somos molestas, peligrosas y causantes de muertes por Covid. Las mujeres no van a poder hacerse ver hoy, no van a poder conmemorar su día, de forma tajante, discriminatoria y punitiva, porque con esta medida no se está procurando la salud general, si fuera así, se habrían desconvocado las decenas de manifestaciones que se han producido desde el inicio del Estado de Alarma. Vienen a decirnos: alas a la ultraderecha pero las mujeres en casa.

No es el momento de salir en masa, pero sí el de exigir respeto e igualdad de trato. Desde el Gobierno, se han permitido todo tipo de manifestaciones, pero el 8M es peligroso, el 8M es un riesgo, ¿el resto no? El único mensaje que poder sacar, es que la fuerza que ejercemos desde las calles las mujeres hace mella y mueve mundos porque ya demostramos en 2018 que sin nosotras, se para el mundo.

La pandemia ha encerrado en jaulas transparentes a muchas mujeres, y está levantando techos de cristal que ya habían sido derribados, y aunque no podamos alzar la voz desde las calles, nosotros seremos su altavoz. Hoy seremos el altavoz de todas las mujeres que luchan por lograr una igualdad real sin descanso, contaremos su historia y la historia de las que las precedieron, y defenderemos el feminismo de primera mano, gracias a nuestras periodistas, fotógrafas, técnicas, lectoras, que demuestran su valía cada día, y que nos hacen sentirnos orgullosas de este proyecto.

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