El patriotismo de tributar en Andorra

Autor: María Bayo

Es evidente que irse a vivir a otro país con el fin de pagar menos impuestos, y por ende, acumular fortuna, no constituye un delito punible, pero aquí la cuestión es otra. La doble moral del sentimiento patriótico: ese que nos impulsa a forrar nuestros balcones con banderas y hostigar a todo aquel que se atreva a callar en un “Viva España”, pero que tampoco duda en huir del territorio cuando se procura una mayor igualdad entre sus ciudadanos. Los youtubers han alegado una persecución fiscal y coacción de la libertad en su decisión de viajar a su “refugio alpino”, pero la causa verdadera es el egoísmo sistemático de los que más tienen.

La historia se repite, pero esta vez, en lugar de tratarse de grandes magnates o empresarios dueños de alguna corporación explotadora, son los influencers, los nuevos privilegiados del siglo XXI que confeccionan la renovada clase parasitaria quienes no dudan en mudarse para retener uno o dos millones más. Simplemente es la evolución natural de la sociedad moderna; los antiguos “emprendedores” ahora son jóvenes gamers que poseen el monopolio del entretenimiento juvenil: mismo cuento con diferentes personajes.

La contradicción en este asunto se ha presentado en la forma del fanatismo, como a menudo sucede. Los seguidores de estos influencers, y fieles defensores de su marcha, han sacudido las redes sociales con mensajes de apoyo a sus ídolos abanderando, inconscientemente, una idea que muchos de ellos detractaban. “Uno puede irse de su país si cree que va a vivir mejor en otro cuando quiera”. Esta oportuna dosis de libertad individual y deseos de bienestar ocurre cuando el rico de turno tiene un comportamiento social más que reprobable huyendo a Andorra para contribuir con sólo el 10% de su fortuna, pero no con los inmigrantes que llegan al país en busca de una vida digna. Vuelve a aparecer el patriotismo conveniente. ¿Es más legítimo para la opinión pública “escapar” de tu país para poder comprar un yate que para comer? Por lo visto, para mucha gente es más sencillo empatizar con un multimillonario que con un muerto de hambre, cuando la realidad es que la amplísima mayoría de la población mundial nos encontramos más cerca del segundo.

Siguiendo la línea del falso patriotismo, descubrimos un secreto a voces: querer a tu país no es colgarte una bandera. Aunque ciertos medios y la extrema derecha patria nos hayan hecho creer lo contrario, ser patriótico pasa por la responsabilidad moral y, en este caso, fiscal con tu país. De hecho, hemos podido comprobar en el reciente comunicado de El Rubius para justificar sus actos, como hace especial hincapié en destacar sus raíces y nacionalidad noruegas, para hacer entrever que no le debe nada a España. Este ejemplo constituye uno más del nacionalismo “que viene y va” según le convenga a la clase privilegiada.

Como consecuencia, resulta digna de reflexión la conciencia colectiva implantada en este país, por la cual tendemos a creer en el patriotismo de los ricos que viven en mansiones fuera del territorio, mientras que desprestigiamos a la clase obrera que paga religiosamente sus impuestos, sustentando el país y cuidando que todo esté a punto para que las grandes fortunas encuentren todo a su gusto cuando regresen a veranear.

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