Once – Revista Incógnita

El pasado lunes, nos levantamos con la noticia de que un familiar muy cercano de la familia de mi madre (al que me referiré como Alberto) llevaba más de 24 horas sin contestar a las llamadas. Tampoco había ido al trabajo, y nadie de sus allegados sabía dónde podía estar.

Tras unas horas de mucha confusión, nerviosismo y especulación, su cuerpo apareció en un trastero que tenía a dos manzanas de su casa. Alberto se había suicidado con una escopeta de caza (era una de sus aficiones), no había escrito ninguna carta de despedida y había dejado su móvil en el piso donde vivía, para que nadie pudiera localizarle. Así, de esta forma tan abrupta, terminaba con su vida con tan solo 44 años.

La relación de mi madre con Alberto era de esas en las que te ves un par de veces al año y solo te preguntas por la salud. Y, a pesar de ello, tanto ella como mi abuela le tenían un especial cariño, ya que, de pequeño, fue como un hermano y un hijo para las dos, un cariño que estos días ha estado más presente que nunca.

Alberto creció en una casa anclada en el pasado, acomplejada y obsesionada con “el qué dirán” propio de la España de mantilla de los años cincuenta. Los problemas económicos, la falta de expectativas y los proyectos profesionales fallidos de su padre (quien sufrió de depresión) hicieron que la ansiedad y el miedo a no llegar a fin de mes le fueran inculcados a Alberto desde muy joven. Los suyos siempre fueron conscientes de que “a Alberto le faltaba un hervor”, pero nunca pudieron darle el apoyo médico y psicológico que necesitaba, sobre todo, porque probablemente ni se les ocurría que pudieran ayudarle de esta manera. Alberto recibió una educación que no se adecuaba a sus capacidades intelectuales, lo que irremediablemente derivó en un caso de manual de fracaso escolar. Sin el apoyo de las instituciones públicas, se cerró cualquier posibilidad de que pudiera continuar su formación, añadiendo una espinita más a sus complejos.

Tuvo la suerte de que sus tíos eran grandes fontaneros y marmolistas, algo que le permitió ganarse la vida, primero como aprendiz y ayudante, y más tarde, como técnico de mantenimiento en el Hospital de La Paz de Madrid. Antes de conseguir la plaza como interino, Alberto se rodeó de una serie de compañías “no muy recomendables” (según mi abuela) relacionadas con el mundo de la construcción, justo antes de que estallara la burbuja inmobiliaria. Los detalles no son demasiado relevantes, pero estos “amigos” le metieron en la cabeza la idea de que en la construcción se haría millonario en un plazo muy corto de tiempo.

Desde entonces, el dinero se convirtió en su máxima obsesión, llegando a tener diferentes trabajos a la vez, e incluso subcontratando a “trabajadores” para ayudarle con sus chapuzas. Con el dinero que ganaba, compraba plazas de garaje, pisos y trasteros para alquilarlos y obtener una rentabilidad, pero apenas gastaba el dinero para su propio disfrute. Venía de una casa donde el dinero siempre había sido una fuente de sufrimiento y malestar, y, para él, tampoco sería diferente. Este ritmo de vida estresante se sumó a la repentina muerte de su padre con tan solo 59 años, lo que resultó en una serie de trastornos alimentarios fomentados por la ansiedad, desembocando en obesidad y diabetes. Pero, a pesar de que su salud le indicaba que debía parar y pedir ayuda, él no fue capaz de compartir su sufrimiento, ni siquiera con su madre. Los hombres no lloran.

Durante el último año y medio, salía con una chica casi en secreto, y nunca llegó a presentársela a su familia. Ella, Esperanza, nos contó en el velatorio que su relación era muy bonita, llena de un amor muy sincero, e incluso hablaban de proyectos de futuro juntos. También nos dijo que la salud mental de Alberto se había deteriorado mucho en los últimos meses, y que incluso llegó a hablar de la posibilidad de “quitarse de enmedio”.

Todo apunta a que padecía de una depresión muy severa que había conseguido ocultar a todos menos a su pareja, y que algunos problemas con las deudas le podrían haber llevado a tomar la fatídica decisión. A pesar de todo esto, su madre y su hermano no paraban de recitar como un mantra en el tanatorio: “A Alberto no le pasaba nada, a Alberto no le pasaba nada”, repitiendo sin cesar lo que llevaban diciendo toda su vida, evitando afrontar la cruda realidad una vez más.

Once son las personas que suicidan en España cada día, según el recuento más reciente del Ministerio de Sanidad. 3.941 en el último año, víctimas de una epidemia invisible e invisibilizada, en la 3 de cada 4 son hombres. Alberto es víctima de una forma de ser y estar en el mundo, educado para ocultar y avergonzarse de su enfermedad mental, con una sanidad pública incapaz de tratar debidamente a estos pacientes y sin ningún tipo de información ni de herramientas de inteligencia emocional con las que poder enfrentarse a sus fantasmas.

El pasado lunes fue Alberto y diez personas más, mañana serán otras once.

Once familias más destruidas de forma cruel y silenciosa.

Luis Eduardo Patiño [email protected]

Madrileño. Ciencias Políticas.

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