Opinión: Felipe VI tocado y… ¿Hundido?

7 minutos es el tiempo que decidió dedicar el Rey a los españoles, a nosotros, a los que muchos llaman súbditos aunque no lo seamos. Unos ‘súbditos’, que cansados de la hipocresía y de la desfachatez de la Familia Real y de sus negocios turbios, salieron aprovechando el confinamiento a protestar, sin tomar las calles, solo con una cacerola y un cucharón.

Felipe VI, con la cacerolada de fondo, pronunció palabras huecas y sin contenido. Nos dijo cosas que ya sabíamos y echamos en falta otras que no se habían reconocido hasta días antes.

Sabemos majestad que el personal de la sanidad pública de nuestro país lo está dando todo, que alargan sus jornadas laborales, que reutilizan mascarillas y gafas protectoras porque faltan, que llegan a casa agotados de cansancio y rotos de dolor por lo que viven día a día en sus propias carnes.

Sabemos también, no hace falta que nos lo diga usted, que en esto debemos estar unidos y lo estamos. En este momento nos da igual si somos de Madrid, de Badajoz o de Barcelona, nos da igual si votamos a unos o a otros, da igual si creemos más en lo público o en lo privado. Estamos unidos todos con el objetivo de vencer al virus. Lo sabemos porque vivimos en la vida real y no Real, vivimos en barrios que se han convertido en templos de solidaridad, empatía y responsabilidad, que salir al balcón o a la ventana es sinónimo de risas, conversación y también unidad. Esa unidad se representa de forma impoluta cada día a las ocho de la tarde, cuando los españoles esperan en las barandillas de sus ventanas y terrazas a que den las ocho para romper el silencio triste de las calles e inundarlas de aplausos y linternas.

Aplaudimos no solo a los médicos, enfermeras y auxiliares que contra viento y marea están salvando vidas sino a los bomberos, a los policías, a los cajeros de los supermercados, a los pequeños comerciantes que estos días a pesar de todo están subiendo su persiana para abastecer a pueblos envejecidos y duramente golpeados por la despoblación. También encendemos nuestras linternas, linternas que simbolizan el pésame a las más de 1.000 familias que han perdido por este virus a alguien: a un familiar, a un amigo, a un compañero de trabajo o conocido, nosotros sí que estamos con ellos.

Majestad, sus palabras además de vacías resultan insultantes, hipócritas e incluso mezquinas. Su desfachatez, rasgo común entre los de su clase, llega a límites insospechados. Comienza cuando en uno de los momentos más críticos de nuestra historia reciente, con un estado de alarma declarado y con los españoles recluidos en sus viviendas, aprovecha usted para lanzar un comunicado y que la actualidad del coronavirus no permita asumir a los medios la importancia que merece un documento como el que se emitió.

El grado de desvergüenza prosigue cuando en un intento de lavar su imagen y la de la Familia Real, se admite que en el momento en el que se le comunicó la existencia de estas sociedades supuestamente irregulares lo puso inmediatamente en conocimiento de “las autoridades competentes” sin determinar cuáles. Nos debemos creer que lo hizo, al tiempo, que se reconocía que el Rey Emérito no volvería a recibir dinero público de la asignación que recibe la Casa del Rey de Los Presupuestos Generales del Estado.

En ese mismo texto, el Rey repudia la herencia que le correspondiere como vástago de Juan Carlos I, sin caer en la cuenta -en la Casa Real sí que se cayó en la cuenta, pero el peeling es importante- de que el artículo 991 del Código Civil establece que: “Nadie podrá aceptar ni repudiar sin estar cierto de la muerte de la persona a quien haya de heredar y de su derecho a la herencia”. Lo que traducido es: una persona no puede renunciar a su herencia legítima mientras que el titular de la herencia siga vivo, por lo que, el movimiento de Felipe VI no tiene ningún tipo de validez jurídica.

Y el descaro de niveles mayúsculos se manifiesta el miércoles, tras el comunicado y la posterior polémica, el monarca afirma que “de esta saldremos más fuertes” revelando su completa ignorancia de lo que que ocurre más allá del mundo Real, sin saber que no saldremos, que ya somos más fuertes, que somos más fuertes cuando felicitamos el cumpleaños a una anciana desde los balcones, cuando cantamos juntos ‘Resistiré’, cuando gritamos por la ventana “Me aburro” y nos responden con el “Veo, Veo”, cuando los jóvenes salen a comprar para proteger a los mayores, cuando respetamos la distancia de seguridad en el banco o simplemente cuando nos quedamos en casa. Y es que parece ser que el ciudadano Borbón aún no se ha dado cuenta de la trayectoria de resistencia que tiene a sus espaldas su ‘amada’ nación.

En esa misma comparecencia pidió a los españoles algo que ni él ni su familia han tenido nunca: responsabilidad y lealtad con la nación. Una nación que cansada de mentiras, burlas y osadías salió a protestar desde balcones, terrazas, ventanas y azoteas para pedir que el dinero supuestamente irregular del Rey Emérito sea donado a la sanidad pública, al tiempo que se ponía de manifiesto que el Rey está tocado y que lo único que falta es hundirlo no por los españoles sino por España.

Pablo de [email protected]

Un periodista deja de serlo cuando ofrece como información lo puramente subjetivo.

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